Quito, 27 de julio 2023
Lilia:
De regreso a casa, recuerdo las tareas pendientes. Saco el lápiz y acomodo la última hoja de papel carbón en la contraportada del libro de poesía que traje de nuestra biblioteca abandonada en Guasuntos. Apenas comienzo a escribir la fecha, la punta se rompe en un salto inesperado del bus.
Sin herramientas para escribirte, grabo un mensaje de voz:
«He pasado distraída estos últimos días, un nuevo trabajo me divierte. En esta etapa, trato de evitar tu apoyo y protección, por eso no he conversado contigo. Quiero abandonar mis miedos, empezar de cero y responder a las emociones encarceladas desde enero cuando decidí disipar mi dolor en la quebrada de Pambiles. Ellos anuncian mi llegada a los tulipanes y estos arrojan desde los seis metros de altura los pétalos rojos sobre mi cuello. Los Pambiles no dejan de ser un río adolescente que inquietan a los tucanes, loros y garzas, para que revoloteen, se enamoren y hagan nidos reusables para sus crías. Algunas nacerán en dos meses.
No te enojes: cuando me preguntan mi nombre, les digo el tuyo, porque a ti te pertenecen mis pocos minutos de llanto, la transpiración con sabor a canela que vierten sobre mi piel, la sonrisa excitante de encuentros no planeados, las noches exhaustas con sueños eróticos que en secreto relatamos.”
De pronto, luego de pedir permiso al controlador del bus, un grupo de jóvenes se suben al paso. Pongo pausa, descuelgo los audífonos que se caen, escuálidos, hasta mis rodillas. Me dispongo a observar todo. El más joven lleva una guitarra que no disimula los años y el uso. En su cuello está un rondador casi nuevo. La única chica del cuarteto, tiene un saxo herido en la mitad y cubierto con curitas de niños. El de gorra negra, gafas oscuras y mascarilla, tiene unas panderetas gitanas (lo deduzco por un sinfín de estampillas pegadas). El de cabello largo, rizado y ojos desesperados, lleva un violín. Inusual combinación de instrumentos. Hacen música diversa. Primero, un afamado tango de Gardel. Luego, una cumbia colombiana, y finalizan con una canción ecuatoriana en diversos ritmos. Se escapan suspiros y aplausos de la mayoría. En este momento hace falta que estés a mi lado, porque el alma se estrujó tanto que le dio de puntapiés al pecho.
Luego de eso, decido no enviarte el audio grabado, ni escribirte sobre el papel. Esta vez, la carta intentará ser vitral, usaré el vidrio transparente enmarcado en el óvalo de nogal. Sí, justo del árbol que nos brindó muchos frutos y protección el verano anterior. No te agites, solo usé una rama que se cayó.
Cuando llegues a casa, encontrarás un contraste de colores, la monocromía caducó. La fecha en la que volverás a casa es incierta, te avisaré apenas deje de consumir los analgésicos del tratamiento.
No me gusta decir adiós, ni las tan trilladas expresiones: «hasta siempre» o «hasta pronto». Mejor te dejo mi acostumbrada postdata y, con eso, ligeramente se asemeje a una carta.
Atentamente,
Tu esencia…
P.D: De sobra sabes que no uso el transcriptor para escribir cosas importantes, porque siento que deshumaniza mis extraños sentimientos.
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